viernes, 29 de marzo de 2013

Ante la amenaza del terrorismo

A FINALES de la década de 1980, el terrorismo parecía hallarse en retroceso. Sin embargo, ha resurgido en una nueva modalidad, cuyos perpetradores son por lo general extremistas que cuentan con sus propias redes de financiación —narcotráfico, negocios privados, fortunas personales, donaciones y apoyo económico local— y actúan con la misma saña de siempre.

En los últimos años se ha multiplicado esta barbarie: en el entonces existente World Trade Center de Nueva York se provocó una explosión que mató a seis personas y lesionó a un millar. Una secta soltó sarín (gas neurotóxico) en el metro de Tokio, lo que provocó la muerte de doce ciudadanos e hirió a más de cinco mil. Valiéndose de una furgoneta bomba, un atacante demolió un edificio federal en la ciudad de Oklahoma; el siniestro arrojó un saldo de 168 muertos y cientos de heridos. Los actos de esta índole han proseguido hasta nuestro día.

Por regla general, los atentados se realizan ahora con menos miramientos que antes. Según fuentes fidedignas, el acusado de la explosión de Oklahoma dijo que quería llamar la atención con “un gran número de víctimas”. El cabecilla del grupo que en 1993 colocó la bomba en el World Trade Center pretendía que una de sus dos torres se desplomara sobre la otra para matar a los ocupantes de ambas.

Otra novedad es la gama de armas de que disponen estos criminales. Louis R. Mizell, hijo, experto en materia de terrorismo, comentó: “Vivimos en una era de furia inconcebible y apocalípticos arsenales: nucleares, químicos y biológicos”. Ahora los extremistas causan mayor impacto utilizando instrumentos tecnológicos más letales.

Ataques con ceros y unos

El “ciberterrorismo” recurre a la informática y otros adelantos. Entre sus armas figuran los virus de computadora, que eliminan datos o congelan sistemas, y las “bombas lógicas”, que llevan a las máquinas a iniciar operaciones imposibles, de modo que funcionan mal. Dado que la economía y la seguridad de las naciones dependen cada vez más de las redes telemáticas, se ha extendido la opinión de que el público está más expuesto a estos actos terroristas. Aunque la mayoría de los ejércitos disponen de medios para mantener las comunicaciones incluso durante una guerra atómica, los sistemas civiles —de electricidad, transporte y bolsa— pudieran ser más vulnerables al sabotaje.

Años atrás, si un activista quería provocar un apagón en una ciudad como Berlín, tal vez se infiltrara como trabajador en una compañía de servicios públicos a fin de sabotear la red eléctrica. Pero ahora se afirma que un hábil pirata informático podría generar el corte de luz desde su propia casa, situada en una aldea al otro lado del mundo.

No hace mucho, un pirata informático accedió desde Suecia a una red de computadoras de Florida y logró que un sistema de emergencias estuviese fuera de servicio por una hora, lo que entorpeció la actuación de la policía, los bomberos y las ambulancias.

“En esencia, hemos creado una aldea mundial sin agentes de seguridad”, indicó Frank J. Cilluffo, director del Equipo Operativo contra la Guerra Informática, adscrito al Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales. En 1997, Robert Kupperman, uno de los principales consejeros de dicho centro, declaró que si los activistas decidían usar técnicas ultramodernas, “ninguno de los organismos públicos existentes conseguiría hacer frente a las repercusiones del ataque”.

Algunos analistas creen que el ciberterrorismo dispone de medios tecnológicos que le permiten burlar cualquier protección a la que recurran las fuerzas de seguridad. “Un adversario capaz de implantar el virus preciso o de acceder al terminal adecuado puede ocasionar enormes daños”, señaló George Tenet, director de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos.

Armas químicas y bacteriológicas

También suscita inquietud el armamento químico y biológico. A principios de 1995, el mundo quedó horrorizado al enterarse del ataque con gas venenoso en el metro de Tokio, atribuido a una secta apocalíptica.

“El terrorismo ha cambiado —señala Brad Roberts, del Instituto de Análisis para la Defensa—. El objetivo de los perpetradores tradicionales era obtener concesiones políticas, mientras que el fin declarado de algunos grupos actuales es ocasionar matanzas. De ahí la seducción de las armas biológicas.” ¿Resulta difícil conseguirlas? Responde la revista Investigación y Ciencia: “Un fermentador de cerveza, un medio de cultivo con proteínas, una máscara de gas y un traje de plástico bastan para cultivar billones de bacterias, con un riesgo relativamente pequeño para los manipuladores”. Una vez preparados los gérmenes, no es muy difícil esparcirlos. Las víctimas tal vez no sepan que sufrieron un atentado sino hasta uno o dos días después, cuando pudiera ser ya muy tarde.

Se cree que el ántrax tiene muchas probabilidades como arma biológica. Su nombre proviene del término griego para carbón, en alusión a las costras negras que suelen formarse en las úlceras cutáneas de las personas que se contagian por contacto con animales. Lo que más preocupa a los planificadores de la defensa son las infecciones que ocasiona la inhalación de esporas de ántrax. Esta enfermedad tiene un alto índice de mortalidad en el ser humano.

¿En qué radica su efectividad como arma biológica? En que el bacilo es fácil de cultivar y muy resistente. Las víctimas tardan varios días en manifestar los primeros síntomas: fatiga y malestar propios de un proceso gripal. Luego vienen la tos y leves molestias pectorales. Finalmente, pueden producirse graves problemas respiratorios, estado de choque e incluso la muerte en pocas horas.

¿Disponen de armas nucleares?

Tras la disolución de la URSS se planteó la posibilidad de que se robaran y vendieran ilegalmente armas nucleares. Pero muchos especialistas la consideran poco probable. Según Kupperman, antes citado, “no hay pruebas de que ningún grupo terrorista haya tratado de adquirir material atómico”.

Más inmediata es la preocupación por un pariente de la bomba capaz de matar sigilosamente: el material radiactivo, que, sin explotar ni emitir calor, destruye las células. Las más vulnerables son las de la médula ósea, cuya muerte desata una reacción en cadena que incluye hemorragias y colapso del sistema inmunológico. Mientras que las armas químicas se degradan en contacto con el oxígeno y la humedad, el material radiactivo sigue siendo nocivo durante años.

Sirva para ilustrar la peligrosidad de la radiación el accidente ocurrido en Goiânia, ciudad situada al sur del área central de Brasil. En 1987, un hombre vio un aparato médico con un envase de plomo que contenía cesio 137. Lo abrió tan tranquilo y, fascinado por el luminoso resplandor azul de la “piedra”, se la enseñó a sus amigos. Al cabo de una semana llegaron las primeras víctimas al centro sanitario. Se examinaron los niveles de radiación de miles de ciudadanos. Los resultados finales fueron 100 enfermos, 50 hospitalizados y 4 muertos. Los investigadores no quieren ni pensar en qué habría sucedido de haberse dispersado el cesio a propósito.

El costo astronómico


Aunque la consecuencia más evidente del terrorismo es la pérdida de vidas, tiene implicaciones más extensas, ya que puede arruinar —o por lo menos demorar— el proceso de paz en los puntos más problemáticos del globo. Suscita conflictos, los prolonga y los encona, además de acelerar el ciclo de la violencia.

También incide en las economías nacionales. Las administraciones se ven obligadas a dedicar una enorme cantidad de tiempo y recursos a combatirlo. Por ejemplo, tan solo en Estados Unidos se presupuestaron más de 10.000 millones de dólares para la lucha antiterrorista durante el año 2000.

Nos percatemos de ello o no, el terrorismo repercute en la vida de todos. Influye en nuestros viajes: cómo los hacemos y qué opciones seleccionamos. Obliga a los países de todo el mundo a dedicar buena parte del dinero del contribuyente a proteger a las figuras públicas, las instalaciones importantes y los ciudadanos.

Por consiguiente, persiste la pregunta: ¿hay algún remedio duradero contra este azote?

Terrorismo en nombre de la ecología


El terror adopta una nueva modalidad, el llamado “ecoterrorismo”. “En nombre de la defensa del medio ambiente y los seres vivos —indicó el periódico The Oregonian—, se recurre a incendios, bombas y sabotajes.” Tan solo en el oeste de Estados Unidos, esta ha sido la motivación de más de cien ataques perpetrados desde 1980, que han supuesto pérdidas por valor de 42,8 millones de dólares. Con estos atentados se pretende, entre otros fines, poner coto a la tala de árboles, a las actividades recreativas en el mundo natural, y a la utilización de los animales en las industrias peletera y alimentaria, o en los laboratorios.

Son actos catalogados de terroristas, pues sus perpetradores se valen de la violencia para tratar de imponer cambios en la conducta de individuos e instituciones, así como en la política pública. Atacando objetivos lejanos, a menudo de noche, y casi sin dejar más huellas que las ruinas calcinadas, los ecoterroristas evitan ser descubiertos. Los delitos cometidos en nombre del medio ambiente solían tener impacto local y no recibían amplia cobertura. Pero en los últimos años se han atacado blancos mucho mayores. “Estos grupos pretenden llamar la atención a su causa a fin de conseguir el cambio —señaló el agente especial James N. Damitio, avezado investigador del Servicio Forestal de Estados Unidos—, y si no logran la publicidad deseada, prueban con otras medidas.”

El terrorismo y las noticias

“Quienes recurren al terror, sea para adelantar su causa o para fomentar la desestabilización, ven en la publicidad tanto un fin principal como un arma —dice Terry Anderson, reportero a quien unos activistas tuvieron cautivo en el Líbano durante casi siete años—. [...] El terrorista obtiene su primera victoria al lograr que se anuncie el secuestro político, el asesinato o la explosión que haya perpetrado, atrocidades que pierden sentido si no atraen la atención del mundo.”

Fuente: Watchtower

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